sábado, 18 de agosto de 2012

DON QUIJOTE DE LA MANCHA, Capítulo II


DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Autor: Miguel de Cervantes y Saavedra
Versión modernizada: Giuseppe Isgró C.

Capítulo II

DE LA PRIMERA SALIDA QUE HIZO EL INGENIOSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA DE SU TIERRA.

Hechos estos preparativos, no quiso diferir más en poner en ejecución su propósito, impulsándole a esto la persuasión de que su tardanza fuese causa de perjuicio para el mundo. Sí, numerosos eran los agravios que pensaba reivindicar, los tuertos que enderezar, las injusticias que quitar, los abusos que corregir y las deudas que satisfacer.
Sin decir nada a persona alguna de cuanto había planificado, y sin ser visto por nadie, una mañana del primer día del mes de julio, que fue uno de los más calurosos, equipado con  todas sus armas salió sobre Rocinante. Se adaptó su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la secreta puerta de un corral salió a la campiña, rebosante de alegría al ver con cuanta facilidad había dado inicio a su noble deseo. Pero en cuanto se vio en el campo abierto, le sobrevino un terrible pensamiento, que por poco le hace desistir de la ya iniciada empresa. Esto se debió a que recordara no haber sido armado caballero, y que conforme a la ley de caballería no podía ni debía entablar batalla con ningún auténtico caballero de este mundo. Además, aunque ya fuese caballero novel tendría que llevar armas blancas sin empresa en el escudo hasta tanto la ganase por mérito propio. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; pero más que la razón pudo en él su fervor trascendente. Se propuso hacerse armar caballero por el primero con quien se topase, a emulación de muchos otros que así lo hicieron, según lo había leído en los libros que a tal estado de exaltación le condujeron. En cuanto a la blancura de las armas decidió limpiarlas en el primer poblado por el que pasara, de modo que quedasen relucientes. Con esto se aquietó y prosiguió su viaje sin llevar otro rumbo que aquel que su caballo quisiere, teniendo por cierto que en esto consistía la fuerza emotiva de las aventuras.

Caminando con esa peculiar forma, nuestro novel aventurero iba dialogando consigo mismo, y se decía: -“Quién puede dudar de que en los tiempos por venir, cuando salga a la luz la historia verdadera de mis heroicas hazañas, el sabio que las escribiere, ciñéndose en dar cuenta de esta mi primera salida, en tan temprana hora, no empiece el relato de esta manera?
 -Había apenas, por la amplia y espaciosa tierra, el rubicundo Apolo, extendido las doradas hebras de sus hermosos cabellos. Los pequeños y coloridos pajarillos, de canoras lenguas, habían saludado con dulce y meliflua  armonía la aparición de la rosácea Aurora, la cual, abandonando la mórbida cama del celoso esposo, se mostraba a los humanos por las puertas y ventanas del Manchego horizonte. Es el momento en que el insigne Don Quijote de la Mancha, dejando el colchón de suaves plumas, subió sobre su  famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por la antigua y célebre campiña de Montiel…(y era la verdad, que por ella caminaba); después agregó, suspirando: -Oh edad afortunada, siglo venturoso en el que verán la luz mis famosas hazañas, dignas de ser incisas en bronces, esculpidas en mármoles y pintadas en telas para el eterno recuerdo de la posteridad! Oh tú, sabio encantador, quienquiera que tú seas, a quien será confiada la misión de ser el cronista de esta peregrina historia, ruégote de no olvidar a mi buen Rocinante, perpetuo compañero en cada uno de mis viajes, y enriquecedoras vivencias. Luego exclamaba, como si en verdad estuviese enamorado: -“Oh princesa Dulcinea, señora de mi cautivo corazón, mucho agravio me habéis hecho al despedirme, ordenándome, además, que no ose jamás de aparecer en presencia de vuestra singular belleza! Os exhorto, señora mía, que recapacitéis sobre este anhelante corazón, que tanto suspira por vuestro amor!”
Iba con éstos tejiendo otros pensamientos de este tenor, análogos a aquellos que había aprehendido de sus libros emulando el estilo de su lenguaje. Al mismo tiempo procedía con lentitud, y el sol, elevándose, producía un calor tan ardiente capaz de activar la trascendencia de su entendimiento, si es que alguno le quedaba todavía.
De esta manera viajó todo aquel día sin que le ocurriese cosa digna de ser contada; de lo cual se exasperaba, bramando ávidamente de que se le ofreciese la oportunidad de cimentar el valor de su carácter y la destreza de su fuerte brazo.
Algunos autores afirman que su primera aventura fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; lo que, en verdad, he podido averiguar, es lo que encontré escrito en los anales de la Mancha, en los cuales se refiere que él anduvo errante durante todo el día, y que, al acercarse la noche, tanto él como su rocín, se encontraban cansados y con mucha hambre. Y mirando por todos lados buscó de ver si había algún castillo o morada de pastores, en que descansar, satisfaciendo sus necesidades. Vio, no muy lejos del camino por donde iba, una venta, que fue para él como una estrella que le guiase, no a los portales, sino a los alcázares de la felicidad. Aceleró el paso, y llegó a ella justo al anochecer.
Estaban por casualidad, en la puerta, dos mujeres mozas, de las que se denominan del partido, quienes se dirigían a Sevilla, con algunos arrieros que en la venta, aquella noche, hicieron parada. Dado que todo esto que pensaba, veía o fantasticaba nuestro aventurero, dentro de su mente tomaba forma, y semblanza, de acuerdo con las ideas fervorosas que se había imaginado con sus lecturas. Así, en cuanto descubrió la venta se la representó como un castillo, con sus cuatro torres y capiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo por encima de un profundo foso. Igualmente, equipado de todas aquellas otras pertenencias que suelen atribuírsele a tales moradas.
Se enrumbó en dirección de la venta, o castillo, como a él le parecía, y habiendo llegado cerca, recogió las riendas y paró a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal, con alguna trompeta, de la llegada de un caballero al castillo. Pero viendo, luego, que tardaba, y que Rocinante se afanaba por llegar a la caballeriza, se acercó a la puerta de la venta, donde divisó a las dos mozas que allí estaban. Al caballero aquellas dos mujeres le parecieron hermosas doncellas, o graciosas damas, que delante de la puerta del castillo se estaban distrayendo.
 En esto sucedió, casualmente, que un porquero que iba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos, (que con perdón así se llaman), tocó un cuerno a cuya señal todos se recogen. Instantáneamente, Don Quijote se representó lo que anhelaba y era que un enano anunciase su llegada. Con inefable alegría se acercó a la puerta y a las damas, las cuales viéndole llegar de tal suerte armado, con lanza y adarga, se voltearon, con temor, para entrar en la venta. Empero, Don Quijote, percibiendo por la huida su miedo, alzó la visera de cartón y descubriendo su enflaquecido y polvoriento rostro, les dijo con gentil modo y voz tranquila: -“No se retiren las señoras, ni teman ultraje alguno, que la Orden de Caballería que profeso  prohíbe de hacer tuertos a quienquiera que sea, cuanto más, después, a doncellas de alto linaje, cual lo demuestra vuestra noble presencia”.


-Las dos jóvenes lo iban observando, y buscaban de verle bien la cara, que muy poco se vislumbraba debajo de aquella visera, pero cuando se sintieron llamar doncellas, nombre que no se avenía bien con su profesión, no pudieron contenerse de reír.
Don Quijote se resintió, y le dijo: -Cuanto una digna mesura es virtud en las hermosas damas, la risa que de leve causa procede es mucha sandez; no por esto os amonesto, sino que os lo digo solo por el deseo de que seáis de ánimo benévolo hacia mi, que el mío está imbuido de la total voluntad de serviros.
El lenguaje no entendido por las señoras, y el aspecto de nuestro caballero, acrecentaban en ellas la risa, y en él, el disgusto. La situación habría trascendido si en aquel momento no hubiese salido el dueño de la venta, hombre que por ser muy gordo, era de talante pacífico. Al ver aquella contrahecha figura, equipada con armas tan dispares entre sí, como lo eran la brida, la lanza, la adarga y el coselete, el ventero estuvo a punto de ponerse a reír, él también, no menos que las dos jóvenes. Empero, algún respeto le inspiró la indumentaria tan pertrechada del caballero, que se determinó en hablarle comedidamente, y así le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, solicita ser alojado en esta venta, aparte del lecho, que no hay ninguno disponible, encontrará en todo de que satisfacerse en abundancia.
Viendo Don Quijote la gentileza con que le hablaba el gobernador de la fortaleza, que tal le pareció el ventero y la venta, respondió:
-Para mí, señor castellano, cualquier cosa me es suficiente, porque “mis arreos son las armas, mi descanso el combatir”.

 El ventero se imaginó que Don Quijote le dio el nombre de castellano por haberle parecido oriundo de Castilla. En cambio, era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar. Su índole se asemejaba a la de Caco, que precisaba perfeccionar sus virtudes, al igual que un estudiante o paje, y le respondió de esta manera:
-Según esto, las camas de vuestra merced deben ser duras piedras, y su dormir una continúa vigilia. Y, siendo así, tenga por cierto que aquí encontrará las mejores ocasiones para no cerrar los ojos durante un año, cuanto más en una noche.
Dicho esto fue a agarrarle el estribo a Don Quijote, quien desmontó con gran esfuerzo y cansancio, como aquel que durante el día no se ha, siquiera, desayunado.
Le recomendó al ventero, enseguida, de tener el mayor cuidado con su caballo, que era el mejor de cuantos hubiesen en el mundo.
 El ventero lo escudriñó, y no le pareció que fuera tan bueno como sostenía Don Quijote, pero, alojándolo en el establo, se dirigió, rápidamente, a recibir las instrucciones de su huésped.

Él se dejaba desarmar por las doncellas, ya que se habían reconciliado; pero aunque le habían quitado la coraza y el espaldar, le fue imposible desencajarle la gola, ni quitarle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y queriéndosela quitar, era preciso cortar los nudos, a lo que Don Quijote se opuso resolutamente. Se quedó, por lo tanto, toda aquella noche con la celada puesta, lo que le hacía aparecer como la más simpática y extraña figura que imaginar se pueda. Luego, mientras le iban desarmando, imaginando que aquellas mujeres fuesen principales señoras o damas de aquel castillo, le dijo con singular gentileza:
-Jamás hubo caballero
de damas tan bien servido,
como lo fuera Don Quijote,
cuando salió del patrio suelo;
doncellas cuidaban dél;
princesas, de su rocín,

o, más bien Rocinante; porque éste, señor, es el nombre de mi caballo, y el mío Don Quijote de la Mancha. En verdad, no quisiera descubrirme sino por alguna empresa conducida a glorioso fin en servicio vuestro; pero la necesidad de adaptar al presente propósito aquel viejo romance de Lanzarote ha sido la causa de que sepáis mi nombre ahora. Tiempo vendrá, por otra parte, en el que vuestras señorías me manden y yo obedezca. Será, entonces, que el valor de mi carácter, y la destreza de mi brazo, os prueben el deseo que tengo de serviros.
Las alegres jóvenes que no estaban acostumbradas a oír tales razonamientos, no dijeron nada; empero, le preguntaron si deseaba comer algo.
-Cualquier cosa, -respondió Don Quijote-, me vendría bien al caso.  
Ocurrió que por ser viernes no había en aquella venta sino algunas raciones de un pescado que en Castilla denominan Abadejo, y en Andalucía Bacallao, y en otras partes Curadillo, y en otras, aún,  Truchuela, y que nada más había para darle.
-Si hay muchas Truchuelas, -dijo Don Quijote-, podrán servir en lugar de una trucha grande, por cuanto para mí tanto hacen ocho reales cuanto una pieza de ocho. Podría también darse que estas truchuelas fuesen como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y el peso de las armas no se puede sostener cuando el vientre no está bien gobernado.
Se le sirvió la mesa a la puerta de la venta, al fresco, y el ventero le trajo una porción de la mal remojada y peor cocida merluza, y un pan tan negro y mohoso cuanto lo eran sus armas.

Fue argumento de grandes risas el verle comer; por cuanto, teniendo todavía la celada, y levantada la visera, nada podía meterse en la boca con sus propias manos, precisando que otros lo hicieran, por lo cual, una de aquellas señoras se puso a realizar esa tarea.
Pero, en cuanto a darle de beber fue imposible, ni lo hubiese hecho nunca si el ventero no horadara una caña, y puesto un extremo en la boca, vertiéndole, por el otro, el vino. Todo esto él lo soportaba con paciencia, con el objeto de no romper la cinta de la celada.
Estando en esto, llegó por casualidad a la venta un castrador de puercos, y tan pronto como llegara, sonó cuatro o cinco veces su silbato de caña, con lo cual Don Quijote terminó por confirmar que estaba en algún famoso castillo, donde era servido con música; que las raciones de merluza eran truchas; el pan blanquísimo; y las mujeres de vida “fácil”, damas; el ventero, gobernador del castillo; y, por lo tanto calificaba bien venturosa su resolución y primera salida.

Lo que le inquietaba, por otra parte, era el no verse, aún, armado caballero, pareciéndole que no podía exponerse jurídicamente a emprender aventura alguna sin haber, antes, en buena forma, recibido la Orden de Caballería.



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EL ENCUENTRO EN LA VICTORIA



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UN ENCUENTRO EN LA VICTORIA

Autor: ©Giuseppe Isgró C.

Del libro: La Victoria

Capítulo I

Me encontraba un día, en una fuente de aguas tranquilas, cristalinas, cuando se me acercó un Venerable hombre, vestido a la antigua usanza, con bata blanca, larga, pelo y barba que alguna vez fueron de color pelirrojo y un báculo en la mano derecha.

Concentró sus ojos en los míos; su mirada era profunda, serena y apacible.

Con voz suave y afectiva, me dijo:

-“Hola, hijo, como estás”-.

–Bien, -le contesté-; y, ¿usted?

–Por aquí andamos; -fue su respuesta-, mientras me sonreía.

-¿Dónde estamos?, -le pregunté al Venerable hombre-.

-Este sitio es conocido como La Victoria; -me contestó-. –¿Qué haces por estos lados?

-Salí esta mañana, temprano, con el coche, a dar un paseo; luego, al llegar a esta zona, me paré a contemplar la belleza de los araguaneyes y decidí caminar un poco y la verdad que, absorto en mis reflexiones, caminé por lo menos durante dos horas, hasta llegar aquí. Desconocía este hermoso lugar. Y, usted, -¿vive por aquí cerca? -le pregunté-.

Un poco más arriba, en esa colina boscosa. Hace algunos años, -relata el Venerable hombre- decidí retirarme de la agitada vida ejecutiva en que me desenvolvía profesionalmente, como abogado, en la ciudad de Quebec, Canadá, aunque he viajado por diversos países asesorando a incontables líderes. Construí la casa, en esta zona tropical, con la idea de pasar aquí los meses de invierno. Me dedico al estudio de la vida, a la meditación y a cultivar mi jardín y de vez en cuando, a escribir mis reflexiones, las cuales, algún día, habrán de ser publicadas para esparcir un poco la luz que he podido vislumbrar en mis estudios metafísicos-espirituales.

-¿Quieres tomar un café? –Me preguntó el Venerable hombre-. Lo he traído de Caripe El Guácharo; es de los más exquisitos que he probado.

-Sí, con gusto se lo acepto; -le contesté-.

Nos fuimos caminando por un sendero rodeado de árboles cargados de mangos, aguacates, naranjas y una hilera de cayenas de diversos colores. A lo lejos, el ruido de la brisa se oía apaciblemente. Todo era quietud, armonía y paz. Pero, sobre todo, lo que más me impresionaba era la apacibilidad y el sosiego del Venerable hombre de La Victoria. Emanaba de él un flujo de fuerza que, en su presencia, me sentía con un poder y una seguridad nunca antes experimentados. Fuerzas bienhechoras se iban apoderando de mí y aquella paz y relax que buscaba en la mañana, al salir a dar un paseo, sin percatarme de ello, las estaba experimentando ya.

Después de unos quince minutos de caminar, llegamos a la casa del Venerable hombre. Su aspecto exterior humilde estaba lejos de dejar entrever lo que segundos después habría de asombrarme con lo que encontré en el interior.

Al entrar, en la casa, una joven de unos veinte años saludó al Venerable hombre.

-¡Hola, abuelo!, ¿cómo estás?

–Bien, hija, -contestó el Venerable hombre-. -Prepara un poco de café, Lucía, mientras conversamos un poco, adentro.

-Por cierto, te presento a Santiago, quien ha llegado paseando hasta La Victoria.

Después de la presentación, entramos en la biblioteca del Venerable hombre. Un salón grande, lleno de estantes de libros por todas partes, lo cual hacía inimaginable dicho cuadro desde el exterior. Algunos cuadros al óleo de morichales y de personajes históricos, presentaban un ambiente acogedor. En un rincón se encontraban diversos retratos de Tagore, Gandhi, Cicerón, Séneca, Ibn Arabi y un dibujo de Don Quijote y Sancho Panza. En un pequeño cuadro, podía leerse: -“Lo que Alá quiera. Nada se le asemeja”-.

-Le felicito por este inmenso tesoro que usted tiene aquí, -le dije al Venerable hombre-. -¿Cuáles son los temas de su interés?

A lo cual, me contestó: -Como usted puede ver, Santiago, -y me invitó a recorrer los estantes- aquí hay libros de variados temas: clásicos de todos los países y épocas, desde los Vedas, los Upanishads, el Mahabaratha, los libros de Confucio, El Tao te King, de Lao Tse, el Poema de Gilgamesh, el Código de Amurabí, autores griegos, como Homero y Hesiodo. Se encuentran las obras completas de Euclides, Platón, Aristóteles, Teofrasto, Demetrio de Falereo, de los Presocráticos, Epicteto, Plutarco, etcétera; de los latinos, autores como Séneca, Cicerón, -que son mis preferidos-, Julio César, Tito Livio, Dionisio de Halicarnaso, Marco Aurelio, así como libros de Psicología, Gerencia, Sufismo, Yoga, ensayos, filosofía, parapsicología, hermetismo, El Quijote, libros de economía, filosofía, etcétera, en fin, un poco de todo lo que es preciso conocer para poder entender el significado de la vida: de dónde venimos, por qué estamos aquí y hacía dónde vamos, sin lo cual, la vida no tendría sentido, sobre todo por el gran afán a que está sometido el ser humano en la agitada vida moderna.

Nos sentamos en sendas butacas y nos entretuvimos conversando de temas diversos. Al poco rato, entró Lucía con dos tazas de oloroso café y unos biscochos, que degustamos con agrado en una amena e interesante conversación. Al fondo, podía oírse una suave música de Beethoven.

Pasamos cerca de una hora conversando de sobre la Atlántida, Egipto, los griegos, de Homero, de los sufíes, del budismo zen, los poderes del espíritu, meditación, etcétera, después de lo cual, le hice una pregunta directa.

-Seguramente, usted ha desarrollado alguna técnica de meditación y algún método de resolución de situaciones, en la vida, que me quisiera explicar, ya que, según observo, para tener usted una serenidad tan acentuada y una fortaleza física a la edad que imagino que usted debe tener, -cerca de noventa años- es porque ha encontrado en su larga experiencia algún secreto que quizás quisiera compartir conmigo.

Santiago, -me dijo el Venerable hombre, si vuelves a visitarme otro día, quizá te cuente algo que te pueda servir. Empero, antes de que te vayas, te haré entrega de unos apuntes que hace ya muchos años, en una época en que yo andaba a la búsqueda de sosiego y tratando de encontrarle sentido a la vida, un Venerable hombre que, en una edad similar a la mía, a su vez me entregara y cuya práctica asidua me permitió domar la mente, encarrilar mi vida y poner bajo control los hilos del destino. Son veintidós manuscritos, y una meditación diaria, –continuó diciendo el Venerable hombre, que si bien son ya un poco antiguos, podrás copiarlos de nuevo y si pones en práctica las técnicas que contienen, darás a tu vida un esplendor que habrá de sorprenderte agradablemente.

-Una vez que los hayas probado con total y absoluta satisfacción de tu parte, -me dijo, ponlos en limpio, en forma de libro y publícalo para que su mensaje llegue a mayor número de personas. Hacía tiempo que esperaba a alguien a quien confiarle este legado y creo que hoy, al llegar aquí, en la forma en que lo has hecho, tus pasos han sido dirigidos por Aquel que todo lo sabe y puede, por la Ley Cósmica, y en cuyos planes universales, todos somos sus instrumentos.

Me despedí del Venerable hombre y de su adorable nieta, sintiendo dentro de mí fuerzas desconocidas hasta entonces que preanunciaban grandes cambios en mi vida.

En los días siguientes, aparté una hora diaria, antes de dormirme, y leí y releí, todos los manuscritos, de la siguiente manera: En primer lugar copié la Meditación diaria en un cuaderno, el cual leí durante veintidós noches y mañanas seguidas, tal como lo indicaban las instrucciones de la misma.

Una nota al pie de página mencionaba que si yo la transcribía en un cuaderno, el hecho de hacerlo, grabaría en mi ordenador mental las instrucciones y me sería más fácil desarrollar, en mi personalidad, las cualidades y condiciones que formaban parte de los objetivos implícitos en la misma.

De los veintidós manuscritos, cada lunes, a las once en punto de la noche, copiaba uno en el cuaderno, y durante el resto de la semana, a la misma hora, lo leía y meditaba, siguiendo las fáciles y efectivas técnicas e indicaciones al inicio del mismo.

Cuatro semanas después de leer durante veintidós días seguidos, en la noche y en la mañana, la meditación diaria, comenzaron a manifestarse en mi vida una serie de cambios positivos que me dejaban asombrado a mi mismo, pero, también, los miembros de mi familia y a mis amistades; sobre todo mi semblante comenzó a ser más apacible; volví a sonreír desde el interior; mi estado anímico era de contento; me sentía más seguro de mi mismo; comencé a confiar más en la gente, en la vida y a vislumbrar el sentido de mi misión en la vida –percibía cosas que antes me pasaban desapercibidas, a pesar de haber estado siempre allí. Sentía fluir en mí una nueva corriente vivificadora de prosperidad, de felicidad, de alegría de vivir. Mi entusiasmo y amor por la vida y por mi familia, por mi trabajo y por las personas, crecía día a día. En aproximadamente dos meses había logrado muchas de las cosas en las cuales había soñado desde hacía años. Había dado un paso sorprendente en el camino de la autorrealización.

Efectivamente, pude comprobar que me fue relativamente muy fácil desarrollar las aptitudes y actitudes a nivel físico, mental, emocional, espiritual y en diversos aspectos de mi vida, como el financiero, que comenzó a mejorar casi inmediatamente, así como, surgieron nuevas oportunidades que comencé a aprovechar, casi sin esfuerzo de mi parte.

Transcurría el año de 1967 y mi vida había encontrado un sendero que habría de conducirme a cooperar en forma más efectiva en el plan divino que el Supremo Hacedor, en algún momento, había diseñado para mí.

Tres meses después volví a aquel lugar donde había encontrado al Venerable hombre de La Victoria y allí estaba la fuente que él dijo llamarse La Victoria; empero, cuando traté de encontrar el camino para llegar a la casa donde amablemente me ofreció un delicioso café, preparado por su nieta Lucía, no logré encontrarlo, pese a haber recorrido durante un par de horas por los alrededores. Pregunté a varias personas para ver si podían indicarme como llegar a la casa del Venerable hombre y cual fue mi sorpresa, nadie lo conocía.

Empero, después de tanto buscar, volví a encontrar la casa donde vivía el Venerable hombre de La Victoria, pero se encontraba abandonada. Su aspecto indicaba que debía encontrarse en ese estado un lapso mayor del que mediaba con el encuentro de aquel ser extraordinario. Es sorprendente como los inmuebles solos acusan el paso del tiempo en mayor grado que los que son habitados. Si no fuera por los manuscritos pensaría que el encuentro no fue más que un simple sueño. -¿O se trata, acaso de un sueño combinado con un fenómeno de aporte? Personalmente, no lo creo. El encuentro fue muy vívido y real. El aromático café servido por Lucía estaba exquisito. Durante varios años volví al lugar varias veces, la casa seguía sola. La última vez que volví, no la pude ubicar y sin tener tiempo suficiente para seguir buscándola, me fui. Ahora, vivo muy lejos de aquella zona, en otro continente; han transcurrido muchos años y después de tanto tiempo es poco probable que vuelva allí; pero, los manuscritos y la meditación diaria obran en mi poder, me han transformado y han enriquecido mi vida.

Durante más de treinta y cinco años he puesto en práctica las diversas variantes de los ejercicios, afirmaciones y meditaciones que contienen los manuscritos y la meditación diaria y cada vez que los pongo en práctica, experimentos los mismos beneficios. Ahora, ellos se encuentran en el libro que usted tiene en sus manos; espero que les sean tan útiles como los han sido para mí.

Su contenido es eminentemente práctico; no hay teorías superfluas. Si lleva a cabo los ejercicios que contienen, es probable que, gradualmente, se vaya efectuando la transmutación alquímica de su ser sintonizándose con los elevados resultados existenciales, los cuales, por añadidura, al ser creados a nivel mental, se van manifestando en su propia vida, oportunamente.

Sobre todo, con estos ejercicios, me percaté, cuando el Venerable hombre me entregó los manuscritos, de que se dispone de un método para domar la mente y ejercer un pleno dominio sobre la vida en general y, por ende, sobre el destino y controlar, cuando eventualmente se presenten, todas las situaciones, manteniendo un perfecto equilibrio físico, mental, emocional, espiritual y financiero.

El Venerable hombre de La Victoria me comentaba que todo se puede lograr en la vida si se siembra la respectiva semilla por medio de correctas decisiones acordes con la propia y elevada auto-estima y dignidad personal, desarrollando el convencimiento de que sí se puede hacer, por medio de las afirmaciones, las visualizaciones y meditaciones, la experimentación de un estado emocional acorde al momento de ser logrados los respectivos resultados y la practica del desapego, es decir, dejar encargada a la mente psiconsciente del logro, y además, se espera el tiempo necesario haciendo, mientras tanto, todo lo que se requiere, según el caso o los objetivos por alcanzar.

Estas técnicas funcionan, me decía una y otra vez el Venerable hombre de La Victoria; luego, agregaba: -las he probado por más de cincuenta años y quien, a su vez me las entregó, habría hecho otro tanto, aseverando que eran efectivas, si yo seguía fielmente las instrucciones y las ponía en práctica con expectativas positivas.

Desde que en 1967, el Venerable hombre me hiciera entrega de los manuscritos, han transcurrido un poco más de de treinta y cinco años, durante los cuales yo también he puesto en práctica las diversas variantes de los ejercicios, afirmaciones y meditaciones que contienen, y cada vez que me ejercito con ellos, experimento los mismos beneficios. Ahora, ellos se encuentran en el libro que usted tiene en sus manos; espero que les sean tan útiles como los han sido para todos los que hemos aplicado las enseñanzas del Venerable hombre de La Victoria.

Él me repetía constantemente: -“¡Tú puedes si crees que puedes hacerlo! ¡Hazlo y tendrás el poder!

Recuerdo que ese día el Venerable hombre me dijo: -ejercer el poder con que la naturaleza de las cosas ha dotado a cada ser, cultivando los dones inherentes y aprendiendo todo lo que se pueda de sí y del vasto universo del que se forma parte, es una manera efectiva de ser cada día más feliz. Luego, cuando me despedí de él, expresó: -“¡Que cada día brille más y mejor tu luz interior!”.- Adelante.

Capítulo 2

Meditación diaria

Es lunes en la noche, son las once en punto.

Me dispongo a copiar textualmente, en el cuaderno que he dispuesto para ello, el manuscrito identificado con el título:

Meditación diaria

Dice así:

Afirme, en la mañana y en la noche, antes de dormir, durante veintidós días; luego, cada vez que lo desee, esta poderosa fórmula de programación mental positiva y descubra cómo, con facilidad, van ocurriendo cosas maravillosas en su vida:

MEDITACIÓN DIARIA

Afirma, en la mañana y en la noche, antes de dormir, durante veintidós días; luego, cada vez que lo desees, esta poderosa fórmula de programación mental positiva y descubre cómo, con facilidad, van ocurriendo cosas maravillosas en tu vida. Al encender la luz en la mente se ilumina la propia existencia y todo en derredor vibra al unísono y con el mismo sentimiento de felicidad y bienestar, interrelacionándose por la ley de afinidad.

1. -Entro en el nivel de mi mente psiconsciente, en el centro de control de mi piloto mental automático, donde todo va bien, siempre, contando de tres a uno: Tres, dos, uno.

Ø Ahora, estoy ya en el nivel de mi mente psiconsciente, en el centro de control de mi piloto mental automático, donde todo va bien, siempre.

Ø Voy a permanecer en el nivel de mi mente psiconsciente, en el centro de control de mi piloto mental automático, donde todo va bien, siempre, durante quince minutos y voy a programar los siguientes efectos positivos, los cuales perduran, cada vez mejor, hasta que vuelva a realizar este acceso y programación mental:

Ø Todo va bien, siempre, en todos los aspectos de mi vida, cada día mejor. (Tres veces). –Imagínalo-.

Ø Todo va bien en mi trabajo; cada día logro mejores niveles de efectividad, prosperidad, riqueza, abundancia y bienestar. (Imagínalo).

2. Formo una unidad cósmica perfecta con el Creador Universal, -ELOÍ. (Diez veces, con los ojos cerrados). Hoy se expresa en mí la Perfección universal de la Vida, del amor, de la luz, de la sabiduría, del perdón, de la percepción de la verdad, de la aceptación de la realidad, de la justicia, de la igualdad, de la compensación, de la fortaleza, de la templanza, de la belleza, del equilibrio, de la armonía, de la salud, de la prosperidad, de la riqueza, de la abundancia, del servicio y de la provisión en todos los aspectos de mi vida.

3. -Cada día, en todas formas y condiciones, mi cuerpo y mi mente funcionan mejor y mejor. La consciencia de mi conexión permanente e indisoluble con el Creador Universal, -ELOÍ-, restablece y mantiene en mí, diariamente, durante las veinticuatro horas del día, un perfecto estado de salud a nivel físico, mental, emocional y espiritual. Gracias, Creador Universal, por darme un cuerpo perfecto, saludable, lleno de energía. Aquí y ahora, me siento en perfecto equilibrio de salud, a nivel físico, mental, emocional y espiritual.

4. Afronto y resuelvo bien toda situación que me compete, siempre.

5. Todo tiene solución, en todas las situaciones de mi vida.

6. El Creador Universal, -ELOÍ-, es en mí, cada día mejor, en todos los aspectos de mi vida, fuente de amor, luz, sabiduría, éxito, riqueza, prosperidad, abundancia y armonía.

7. Permito que las leyes universales de la Vida, del amor, de la luz, de la sabiduría, del perdón, de la percepción de la verdad, de la aceptación de la realidad, de la justicia, de la igualdad, de la compensación, de la fortaleza, de la templanza, de la belleza, del equilibrio, de la armonía, de la salud, de la prosperidad, de la riqueza, de la abundancia, del servicio y de la provisión actúen bien en el plan de mi vida.

8. Tengo prosperidad y poder. Cada día enriquezco mejor mi vida a través del servicio efectivo, del amor y de la práctica de todas las virtudes.

9. Mi dignidad personal me lleva a realizar las cosas que me competen con la máxima perfección posible.

10. Cada día, en todas formas y condiciones, en todos los aspectos de mi vida, estoy mejor y mejor a nivel físico, mental, emocional, espiritual y financiero.

11. Actúo con templanza, serenidad, autodominio y perfecto equilibrio en todo. Conservo plena autonomía y control sobre todas mis facultades físicas, mentales, emocionales, intelectuales y espirituales. Hecho está. (Visualizar un escudo protector de luz que te envuelve y protege; -una pirámide-).

12. Tengo fortaleza, valor, confianza y fe suficiente para triunfar y alcanzar todas mis metas, de acuerdo con la voluntad del Creador Universal, -ELOÍ-, y en armonía con sus planes cósmicos. Soy inmune e invulnerable a las influencias y sugestiones del medio ambiente y de cualquier persona a nivel físico, mental, emocional y espiritual, en las dimensiones objetivas y subjetivas y en cualesquiera otras en que sea requerido.

13. El orden universal de la Vida, del amor, de la luz, de la sabiduría, del perdón, de la percepción de la verdad, de la aceptación de la realidad, de la justicia, de la igualdad, de la compensación, de la fortaleza, de la templanza, de la belleza, del equilibrio, de la armonía, de la salud, de la prosperidad, de la riqueza, de la abundancia, del servicio y de la provisión se establece en mi vida, en todos mis asuntos y en las personas interrelacionadas, aquí y ahora. Hecho está.

14. Asumo la responsabilidad de mis actos y cumplo bien todos mis compromisos, siempre oportunamente, de acuerdo con el orden cósmico.

15. El Creador Universal, -ELOÍ-, nos da abundancia y armonía en el eterno presente. Vivo en abundancia y en armonía perfectas, aquí, ahora y siempre.

16. El Creador Universal, -ELOÍ-, se está ocupando de todo, en todos los aspectos de mi vida, y se expresa en mí conciencia intuitiva por medio de los sentimientos en correspondencia con los valores universales.

17. Gracias, Creador Universal, -ELOÍ-, por esta vida maravillosa. Que Tu Inteligencia Infinita, Amor, Sabiduría, Justicia, Luz, y Poder Creador guíen, adecuadamente, todas mis decisiones y acciones, ahora y siempre. Gracias, Eloí, por este día maravilloso.

18. El Creador Universal, -ELOÍ-, nos proteja, aquí y en cualquier lugar, ahora y siempre. (Tres veces).

19. Siempre espero lo mejor, de acuerdo con la voluntad del Creador Universal, -ELOÍ-, y la Ley Cósmica, en armonía con todos.

20. Gracias, Creador Universal; todo va bien en todos los aspectos de mi vida, a nivel físico, mental, emocional y espiritual. Gracias, Eloí, todo va bien en mis practicas espirituales y en mi relación Contigo; Tú y yo formamos una unidad perfecta, armónica, aquí y ahora, en el eterno presente. Yo soy Tú, Tú eres yo. Te amo.

21. Voy a realizar –obtener o resolver- (mencionar), antes del: (fecha), de acuerdo al orden divino y en armonía con todos. (Si se trata de varios objetivos, anótelos y haga la afirmación y visualización con cada uno de ellos. Imagínelo concluido satisfactoriamente sin imponer canal alguno de manifestación.)

22. Tengo serenidad y calma imperturbable. Soy impasible frente a todo y a todos. No tengo temor a nada, a nadie ni de nadie en ningún nivel físico, mental, emocional, espiritual y financiero. Dentro de mí vibra la seguridad total. Tengo completa confianza en la vida y en mi propia capacidad de resolver situaciones y alcanzar los resultados satisfactorios que preciso, en cada caso, siempre.

A continuación anoté la fecha: Lunes 12 de agosto de 1967. Luego, tal como me lo indicó el Venerable hombre, anoté la fecha que correspondía veintidós días después: 03 de septiembre de 1967.

Acto seguido, me senté cómodamente, tomé tres respiraciones profundas y realicé la meditación.

Luego, cada noche, durante veintidós días, a las once en punto, me iba a mi cuarto, daba indicaciones de no ser interrumpido durante veinte minutos y realizaba la meditación del día, la cual, siempre complementaba con la lectura breve de uno de los libros de cabecera que siempre suelo tener en mi mesa de noche.

Iba notando, día a día como emergía de mi interior una nueva y desconocida fortaleza, seguridad, estado de ánimo contento, actitud más decidida, optimismo frente a la vida y a las situaciones; comencé a llevarme mejor en las relaciones con las demás personas, a ser más comedido en todo y sobre todo comenzaba a tener conciencia de cosas que antes me solían pasar desapercibidas.

Cabe destacar que, en el punto número veintiuno de la meditación, había anotado siete objetivos que desde hacía tiempo quería realizar y para mi sorpresa, treinta días después de haber terminado de efectuar la meditación del manuscrito número veintidós comencé a observar como, en forma aparentemente casual se iban manifestando la resultados de cada uno de ellos hasta que, algunos meses después, antes de la fechas previstas, los había realizado todos, menos dos, por lo cual, me senté y volví a anotar, en una hoja de mi cuaderno, otros diez objetivos, encabezados por los dos pendientes de la lista anterior, les puse la fecha tope a cada uno, antes de la cual debían ser logrados, para seguir visualizando, su logro, periódicamente.

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sábado, 18 de agosto de 2012

DON QUIJOTE DE LA MANCHA, Capítulo II


DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Autor: Miguel de Cervantes y Saavedra
Versión modernizada: Giuseppe Isgró C.

Capítulo II

DE LA PRIMERA SALIDA QUE HIZO EL INGENIOSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA DE SU TIERRA.

Hechos estos preparativos, no quiso diferir más en poner en ejecución su propósito, impulsándole a esto la persuasión de que su tardanza fuese causa de perjuicio para el mundo. Sí, numerosos eran los agravios que pensaba reivindicar, los tuertos que enderezar, las injusticias que quitar, los abusos que corregir y las deudas que satisfacer.
Sin decir nada a persona alguna de cuanto había planificado, y sin ser visto por nadie, una mañana del primer día del mes de julio, que fue uno de los más calurosos, equipado con  todas sus armas salió sobre Rocinante. Se adaptó su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la secreta puerta de un corral salió a la campiña, rebosante de alegría al ver con cuanta facilidad había dado inicio a su noble deseo. Pero en cuanto se vio en el campo abierto, le sobrevino un terrible pensamiento, que por poco le hace desistir de la ya iniciada empresa. Esto se debió a que recordara no haber sido armado caballero, y que conforme a la ley de caballería no podía ni debía entablar batalla con ningún auténtico caballero de este mundo. Además, aunque ya fuese caballero novel tendría que llevar armas blancas sin empresa en el escudo hasta tanto la ganase por mérito propio. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; pero más que la razón pudo en él su fervor trascendente. Se propuso hacerse armar caballero por el primero con quien se topase, a emulación de muchos otros que así lo hicieron, según lo había leído en los libros que a tal estado de exaltación le condujeron. En cuanto a la blancura de las armas decidió limpiarlas en el primer poblado por el que pasara, de modo que quedasen relucientes. Con esto se aquietó y prosiguió su viaje sin llevar otro rumbo que aquel que su caballo quisiere, teniendo por cierto que en esto consistía la fuerza emotiva de las aventuras.

Caminando con esa peculiar forma, nuestro novel aventurero iba dialogando consigo mismo, y se decía: -“Quién puede dudar de que en los tiempos por venir, cuando salga a la luz la historia verdadera de mis heroicas hazañas, el sabio que las escribiere, ciñéndose en dar cuenta de esta mi primera salida, en tan temprana hora, no empiece el relato de esta manera?
 -Había apenas, por la amplia y espaciosa tierra, el rubicundo Apolo, extendido las doradas hebras de sus hermosos cabellos. Los pequeños y coloridos pajarillos, de canoras lenguas, habían saludado con dulce y meliflua  armonía la aparición de la rosácea Aurora, la cual, abandonando la mórbida cama del celoso esposo, se mostraba a los humanos por las puertas y ventanas del Manchego horizonte. Es el momento en que el insigne Don Quijote de la Mancha, dejando el colchón de suaves plumas, subió sobre su  famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por la antigua y célebre campiña de Montiel…(y era la verdad, que por ella caminaba); después agregó, suspirando: -Oh edad afortunada, siglo venturoso en el que verán la luz mis famosas hazañas, dignas de ser incisas en bronces, esculpidas en mármoles y pintadas en telas para el eterno recuerdo de la posteridad! Oh tú, sabio encantador, quienquiera que tú seas, a quien será confiada la misión de ser el cronista de esta peregrina historia, ruégote de no olvidar a mi buen Rocinante, perpetuo compañero en cada uno de mis viajes, y enriquecedoras vivencias. Luego exclamaba, como si en verdad estuviese enamorado: -“Oh princesa Dulcinea, señora de mi cautivo corazón, mucho agravio me habéis hecho al despedirme, ordenándome, además, que no ose jamás de aparecer en presencia de vuestra singular belleza! Os exhorto, señora mía, que recapacitéis sobre este anhelante corazón, que tanto suspira por vuestro amor!”
Iba con éstos tejiendo otros pensamientos de este tenor, análogos a aquellos que había aprehendido de sus libros emulando el estilo de su lenguaje. Al mismo tiempo procedía con lentitud, y el sol, elevándose, producía un calor tan ardiente capaz de activar la trascendencia de su entendimiento, si es que alguno le quedaba todavía.
De esta manera viajó todo aquel día sin que le ocurriese cosa digna de ser contada; de lo cual se exasperaba, bramando ávidamente de que se le ofreciese la oportunidad de cimentar el valor de su carácter y la destreza de su fuerte brazo.
Algunos autores afirman que su primera aventura fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; lo que, en verdad, he podido averiguar, es lo que encontré escrito en los anales de la Mancha, en los cuales se refiere que él anduvo errante durante todo el día, y que, al acercarse la noche, tanto él como su rocín, se encontraban cansados y con mucha hambre. Y mirando por todos lados buscó de ver si había algún castillo o morada de pastores, en que descansar, satisfaciendo sus necesidades. Vio, no muy lejos del camino por donde iba, una venta, que fue para él como una estrella que le guiase, no a los portales, sino a los alcázares de la felicidad. Aceleró el paso, y llegó a ella justo al anochecer.
Estaban por casualidad, en la puerta, dos mujeres mozas, de las que se denominan del partido, quienes se dirigían a Sevilla, con algunos arrieros que en la venta, aquella noche, hicieron parada. Dado que todo esto que pensaba, veía o fantasticaba nuestro aventurero, dentro de su mente tomaba forma, y semblanza, de acuerdo con las ideas fervorosas que se había imaginado con sus lecturas. Así, en cuanto descubrió la venta se la representó como un castillo, con sus cuatro torres y capiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo por encima de un profundo foso. Igualmente, equipado de todas aquellas otras pertenencias que suelen atribuírsele a tales moradas.
Se enrumbó en dirección de la venta, o castillo, como a él le parecía, y habiendo llegado cerca, recogió las riendas y paró a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal, con alguna trompeta, de la llegada de un caballero al castillo. Pero viendo, luego, que tardaba, y que Rocinante se afanaba por llegar a la caballeriza, se acercó a la puerta de la venta, donde divisó a las dos mozas que allí estaban. Al caballero aquellas dos mujeres le parecieron hermosas doncellas, o graciosas damas, que delante de la puerta del castillo se estaban distrayendo.
 En esto sucedió, casualmente, que un porquero que iba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos, (que con perdón así se llaman), tocó un cuerno a cuya señal todos se recogen. Instantáneamente, Don Quijote se representó lo que anhelaba y era que un enano anunciase su llegada. Con inefable alegría se acercó a la puerta y a las damas, las cuales viéndole llegar de tal suerte armado, con lanza y adarga, se voltearon, con temor, para entrar en la venta. Empero, Don Quijote, percibiendo por la huida su miedo, alzó la visera de cartón y descubriendo su enflaquecido y polvoriento rostro, les dijo con gentil modo y voz tranquila: -“No se retiren las señoras, ni teman ultraje alguno, que la Orden de Caballería que profeso  prohíbe de hacer tuertos a quienquiera que sea, cuanto más, después, a doncellas de alto linaje, cual lo demuestra vuestra noble presencia”.


-Las dos jóvenes lo iban observando, y buscaban de verle bien la cara, que muy poco se vislumbraba debajo de aquella visera, pero cuando se sintieron llamar doncellas, nombre que no se avenía bien con su profesión, no pudieron contenerse de reír.
Don Quijote se resintió, y le dijo: -Cuanto una digna mesura es virtud en las hermosas damas, la risa que de leve causa procede es mucha sandez; no por esto os amonesto, sino que os lo digo solo por el deseo de que seáis de ánimo benévolo hacia mi, que el mío está imbuido de la total voluntad de serviros.
El lenguaje no entendido por las señoras, y el aspecto de nuestro caballero, acrecentaban en ellas la risa, y en él, el disgusto. La situación habría trascendido si en aquel momento no hubiese salido el dueño de la venta, hombre que por ser muy gordo, era de talante pacífico. Al ver aquella contrahecha figura, equipada con armas tan dispares entre sí, como lo eran la brida, la lanza, la adarga y el coselete, el ventero estuvo a punto de ponerse a reír, él también, no menos que las dos jóvenes. Empero, algún respeto le inspiró la indumentaria tan pertrechada del caballero, que se determinó en hablarle comedidamente, y así le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, solicita ser alojado en esta venta, aparte del lecho, que no hay ninguno disponible, encontrará en todo de que satisfacerse en abundancia.
Viendo Don Quijote la gentileza con que le hablaba el gobernador de la fortaleza, que tal le pareció el ventero y la venta, respondió:
-Para mí, señor castellano, cualquier cosa me es suficiente, porque “mis arreos son las armas, mi descanso el combatir”.

 El ventero se imaginó que Don Quijote le dio el nombre de castellano por haberle parecido oriundo de Castilla. En cambio, era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar. Su índole se asemejaba a la de Caco, que precisaba perfeccionar sus virtudes, al igual que un estudiante o paje, y le respondió de esta manera:
-Según esto, las camas de vuestra merced deben ser duras piedras, y su dormir una continúa vigilia. Y, siendo así, tenga por cierto que aquí encontrará las mejores ocasiones para no cerrar los ojos durante un año, cuanto más en una noche.
Dicho esto fue a agarrarle el estribo a Don Quijote, quien desmontó con gran esfuerzo y cansancio, como aquel que durante el día no se ha, siquiera, desayunado.
Le recomendó al ventero, enseguida, de tener el mayor cuidado con su caballo, que era el mejor de cuantos hubiesen en el mundo.
 El ventero lo escudriñó, y no le pareció que fuera tan bueno como sostenía Don Quijote, pero, alojándolo en el establo, se dirigió, rápidamente, a recibir las instrucciones de su huésped.

Él se dejaba desarmar por las doncellas, ya que se habían reconciliado; pero aunque le habían quitado la coraza y el espaldar, le fue imposible desencajarle la gola, ni quitarle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y queriéndosela quitar, era preciso cortar los nudos, a lo que Don Quijote se opuso resolutamente. Se quedó, por lo tanto, toda aquella noche con la celada puesta, lo que le hacía aparecer como la más simpática y extraña figura que imaginar se pueda. Luego, mientras le iban desarmando, imaginando que aquellas mujeres fuesen principales señoras o damas de aquel castillo, le dijo con singular gentileza:
-Jamás hubo caballero
de damas tan bien servido,
como lo fuera Don Quijote,
cuando salió del patrio suelo;
doncellas cuidaban dél;
princesas, de su rocín,

o, más bien Rocinante; porque éste, señor, es el nombre de mi caballo, y el mío Don Quijote de la Mancha. En verdad, no quisiera descubrirme sino por alguna empresa conducida a glorioso fin en servicio vuestro; pero la necesidad de adaptar al presente propósito aquel viejo romance de Lanzarote ha sido la causa de que sepáis mi nombre ahora. Tiempo vendrá, por otra parte, en el que vuestras señorías me manden y yo obedezca. Será, entonces, que el valor de mi carácter, y la destreza de mi brazo, os prueben el deseo que tengo de serviros.
Las alegres jóvenes que no estaban acostumbradas a oír tales razonamientos, no dijeron nada; empero, le preguntaron si deseaba comer algo.
-Cualquier cosa, -respondió Don Quijote-, me vendría bien al caso.  
Ocurrió que por ser viernes no había en aquella venta sino algunas raciones de un pescado que en Castilla denominan Abadejo, y en Andalucía Bacallao, y en otras partes Curadillo, y en otras, aún,  Truchuela, y que nada más había para darle.
-Si hay muchas Truchuelas, -dijo Don Quijote-, podrán servir en lugar de una trucha grande, por cuanto para mí tanto hacen ocho reales cuanto una pieza de ocho. Podría también darse que estas truchuelas fuesen como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y el peso de las armas no se puede sostener cuando el vientre no está bien gobernado.
Se le sirvió la mesa a la puerta de la venta, al fresco, y el ventero le trajo una porción de la mal remojada y peor cocida merluza, y un pan tan negro y mohoso cuanto lo eran sus armas.

Fue argumento de grandes risas el verle comer; por cuanto, teniendo todavía la celada, y levantada la visera, nada podía meterse en la boca con sus propias manos, precisando que otros lo hicieran, por lo cual, una de aquellas señoras se puso a realizar esa tarea.
Pero, en cuanto a darle de beber fue imposible, ni lo hubiese hecho nunca si el ventero no horadara una caña, y puesto un extremo en la boca, vertiéndole, por el otro, el vino. Todo esto él lo soportaba con paciencia, con el objeto de no romper la cinta de la celada.
Estando en esto, llegó por casualidad a la venta un castrador de puercos, y tan pronto como llegara, sonó cuatro o cinco veces su silbato de caña, con lo cual Don Quijote terminó por confirmar que estaba en algún famoso castillo, donde era servido con música; que las raciones de merluza eran truchas; el pan blanquísimo; y las mujeres de vida “fácil”, damas; el ventero, gobernador del castillo; y, por lo tanto calificaba bien venturosa su resolución y primera salida.

Lo que le inquietaba, por otra parte, era el no verse, aún, armado caballero, pareciéndole que no podía exponerse jurídicamente a emprender aventura alguna sin haber, antes, en buena forma, recibido la Orden de Caballería.



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